Menú del excursionista forzado

Igual que hay comida japonesa, italiana o para perros lo que comemos los excursionistas también tiene su propio nombre y apellido, “Comida de excursión”. Lo mismo pensáis que la podemos encuadrar en dieta mediterránea porque llevas una tortillita o un filete “empanao”, pero lo que cambia el sino de la historia es la aleación entre pan normal y chicle, lugar en el que metemos nuestra comida. La puedes llevar en un tupper… pero te pueden llamar de pijo para arriba.

Comencemos con el menú de un excursionista forzado (véase el típico niño que va con su clase o el “intrépido” novio de una amante de la naturaleza). Si no llevas una bolsa de patatas o algún producto híbrido entre el gusanito y la propia patata (Boca Bits, Pandilla o 3D), no eres nadie. Sé lo que digo. Tú, cuando empiezas a hacer la mochila, piensas que no se te puede olvidar algo para media mañana, y lo metes al principio. Encima vas poniendo el resto: un pantalón por si te mojas, una chanclas por si paras y necesitas airear los píes, la propia comida, el chubasquero, la PSP con los juegos… en fin, lo que cada cual quiera. De lo que sí que no nos damos cuenta es del emplazamiento de las patatas. Patatas por decir algo. En el momento en el que las rescatas del fondo percibes que esa papilla de snack… no mola.

Una vez superado (o tirado a algún sitio) ese primer plato, después viene la comida en condiciones. Bueno, comida y bebida. En el sector líquido podemos destacar la Coca Cola caliente que te perfora el cerebro e intestino a cada sorbo, el batido espachurrado y el zumo de naranja que no hay quien se tome. Los dos primeros mal que bien valen, el problema es el tercero. ¿A quién se le ha ocurrido hacer el zumo de naranja industrial tan sumamente amargo? No lo comprendo… en mi casa me lo tomo y está dulce, llego a beberme uno de estos y es de traca.

Si la comida fuera ligerita… aún, pero con el pan chicloso y el filete “empanao” más tieso que una suela, la necesidad de líquido es impepinable. De todas las veces que he hecho excursiones forzadas, el bocadillo ha sido de tortilla o de filete. Como mucho te hacían uno pequeño de chóped, chorizo o salchichón para cuando fuera necesario (por lo general en el autocar de vuelta). Este último era el que te acababa salvando la vida.

El postre era otro mítico. Tú metías en la mochila un plátano perfecto, con sus motitas y todo, lo sacabas 5 horas después y ya era negro. Estaba lleno de asquerosas partes blandas. ¿Magia? Yo con eso me hacía un batidito como mucho.

A pesar de este post, Raquel y yo nos declaramos fervientes admiradores de las excursiones no forzadas y algún día os enseñaremos como podemos tirar el mito del bocadillo de pan chicloso.

Luis Crespo

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