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Boomy, el semipolo de tres sabores

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Seguro que al ver la imagen os habéis acordado de bastantes cabreos por haberos quedado sin alguna de las tres bolas de este mítico helado. Si es así os ofrezco mis disculpas, pero hay que enfrentarse a ello y superarlo, que ya somos mayores.

Fue un invento completamente innovador, dotaron de realismo al sabor que estábamos comiendo. De esa manera chupábamos una bola de fresa con forma de fresa, una de naranja con aspecto de naranja y una de limón con apariencia de naranja de color amarillo… debe ser que si la ponían con su verdadera forma no daba el palo.

A todos nos molestaba enormemente alguno de los sabores. El que diga lo contrario mentirá y además ira contra muchos años de estudios psicológicos. Si te gusta mucho la naranja, el limón te tocará las narices, y viceversa. Y si por un casual te puedes abstraer y que te gusten los dos por igual, el sabor de la fresa tiene que atraerte menos por pelotas.

A mí me gustaba mucho el de naranja y casi repudiaba el de limón, que siempre se me caía al suelo por tardar en comerlo.

Todavía recuerdo ese anuncio en el que decían que en el mundo de los boomys no se podían coger las frutas, sino que “había que cazarlas”. Vaya un invento… ¿y si tenías mala suerte y te entraban tres de limón en esa cacería…?

P.D. ¡Viva el merchandising de Boomy! Hay algunas heladerías que no cambian la papelera con el bicho azul desde el 94, y esto tiene su mérito.

La leyenda del Flash

En este post me apetecía rescatar la alargada leyenda de los “flashes”, ¿os acordáis? Bueno, para el que no lo recuerde le diré que era una especie de plástico fino y alargado relleno de un líquido helado de un color muy llamativo.

Recuerdo que había de dos tamaños, de 10 y 25 pesetas. Con los años esto me demuestra que de pequeños éramos poco espabilados porque dos de 10 eran como uno de 25 y nos ahorrábamos 5 pesetas para un chicle Bubaloo.

La elección no era un gran problema… pero abrirlo sí. Se supone que el utensilio que tienes para romper la parte superior son tus propios dientes, con el doble perjuicio que ello conlleva. Te hacías daño y encima tardabas la leche de tiempo hasta que lo dejas un poco decente.

El segundo paso es comerlo… y no, esto no es lo más fácil. Según vas comiendo te vas rozando con el afilado plástico de los bordes y se van produciendo las fatídicas boceras o boqueras. Para el que no lo sepa son cortecitos en la comisura de los labios que escuecen como la madre que los p…

Aunque claro, una vez que te salía callo tu único problema era ver cuánta cantidad dejabas que se deshiciera para luego poder bebértela. Al final siempre pasaba lo mismo, empezabas a chupar el hielo e incomprensiblemente subía el líquido y te dejabas como mucho un dedo de bebida.

Mención especial se merece la leyenda negra de los flashes. En una ardua labor de investigación he recopilado tres amenazas dignas de recordar. La primera es que el flash era completamente cancerígeno y que cuantos más tomáramos, más posibilidad teníamos de tener cáncer. Algo muy tétrico pero que a ninguno nos terminó de asustar. La segunda es que hacían el plástico con droga y que no había que chuparlo, que con sacar el hielo ya no había ningún problema. Vamos, la misma historia de los cromos con coca pero en “alimento”. La última era que nos íbamos a quedar enanos y que con eso no creceríamos nada más. Por desgracia a algunos nos ha debido pasar esta afirmación porque desde los 14 no hemos crecido nada más que a lo ancho.

Luis Crespo