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Vivan las tapitas de Jaén

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Estás de vacaciones, te vas a un bar, pides una caña y te ponen un sandwich mixto con un platito de olivas. ¡Ole sus coj…! ¡Vaya Semana Santa de comer!

Antes de nada debemos pedir disculpas por haber estado tantísimo tiempo sin escribir… si tuviéramos excusa nos agarraríamos a ella como un clavo ardiendo, pero como no la tenemos preferimos callarnos.

Supongo que con el titular del post ya sabréis que nos referimos a Jaén, una de las zonas que más te “ataca” con comida rica de manera gratuita. Pensábamos que la fama se iba a comer a la verdadera realidad, pero no.

Todos los sitios en los que nos paramos a tomarnos una cañita, o un Nestea en el caso de Raquel, tenían tapas diferentes a las anteriores. Nunca en nuestra vida habíamos recibido un sandwich mixto al pedir una bebida en un bar… ¡Y vive Dios que nos gustó!

Además, los precios de las bebidas y las raciones eran mucho más baratos de lo que nos podíamos imaginar. Bien es cierto que no fuimos a sitios muy turísticos, quizás por eso los precios no estaban tan inflados como en otros lugares.

En este caso no os podemos aconsejar un restaurante en exclusiva, ya que si vais a la zona de Jaén ,sobre todo a sus pueblos, en cualquier sitio os van a poner bien de comer y bastante baratito.
Al margen de la comida, el viaje ha estado muy chulo y aconsejamos a todo el que quiera que se pase por el Parque Natural de la Sierra de Cazorla. Si queréis más información, preguntad.

Tapas “refrescocerveciles”: Oreja de cerdo

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Como viene siendo tradición, no os voy a aconsejar algo que esté malo y la oreja no va a ser lo primero. Bien es cierto que esta tapa no es como la paella o las patatas fritas, que le gusta a todo el mundo, sino que la textura puede echar para atrás a algunas personas. Para mí es uno de esos manjares exquisitos que dejan las manos pegajosas, algo que suele ser sinónimo de estar rico.

La oreja de cerdo con tomate, con ajillo o picante son alimentos que, por lo menos en Madrid, son difíciles de encontrar si no pides una ración. Los bares más céntricos suelen ponerla a la segunda o tercera cerveza, pero casi todos los que la hacen bien aguantan hasta que la pides expresamente y te dejas los duros.

Es muy importante que si la hacéis en casa la hayáis comprado en un sitio de confianza. Me sé yo de uno que la vio en un supermercado, le entró tal subidón que no miró la fecha de caducidad del envasado y se comió medio plato rancio. No creo que deba dar más pistas sobre la identidad de la persona pero sólo os diré que aún no sé cómo no me puse a morir allí mismo.

Un día os haré la receta de la oreja a la cerveza… uufff, muy buena!

Luis Crespo

Tapas “refrescocerveciles”: Las banderillas

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Esto sí que es una señora tapa, más española imposible. Todavía me paro a pensar y me pregunto, “¿A qué jodido visionario se le ocurrió meter en un palillo: cebolleta, guindilla verde, aceituna rellena, pimiento y un pepinillo?”.  Esa persona merece un Nobel a la gastronomía o algo de eso. En este caso no se sabe quien fue antes si el pincho moruno o la banderilla, pero para el caso ambas comidas son la leche.

Siempre os cuento mis rarezas cuando era pequeño  y en este caso no va  a ser menos. Hace 9 ó 10 años la simple opción de comerme esa cosa poco menos que me daba arcadas. Veía como todos disfrutaban y decía que qué buenas estaban, pero había algo que me echaba para atrás.

El primer gesto nada más probar la cebolleta y la guindilla era el de cerrar los ojos, posteriormente abrirlos mientras se caía una lágrima y al mismo tiempo decir: “Ostia qué fuerte, cómo pica”. Un niño, en cuanto a comida se refiere, no se puede enfrentar a esas dos palabras nunca, puede comerse lentejas con ketchup pero que el kétchup no pique. Algo que pica… malo, malo.

Con el tiempo mis hábitos alimenticios cambiaron y el picante empezó a destrozarme el colon. Tengo que reconocer que las banderillas no me gustaron de una vez, es decir, no pasé de odiarlas a amarlas de un plumazo. Primero me empezó a gustar el pepinillo, luego la aceituna, después la guindilla, hace poco supe apreciar la cebolleta y desde hace mucho aprendí que el pimiento se tenía que apartar o dárselo a mí madre. En este aspecto Raquel y yo pensamos igual, el pimiento para otro.

Sólo os diré una cosa, si tenéis un hijo que no quiere comer las banderillas, no le digáis nada y aprovechad, en muy poco tiempo tocaréis  a una por cabeza o al pimiento que le sobre a vuestro pequeño.